Socialmente hemos construido una imagen de madres y padres que deben ser siempre amorosos,
comprensivos y buscan que sus hijos sean permanentemente felices. Sin embargo la realidad nos
muestra otra cosa. La parentalidad tiene muchas facetas, hay momentos alegres, y otros en los
que predomina la rabia e impotencia, por ejemplo cuando los niños no obedecen o no cumplen las
expectativas.
Las emociones median nuestras relaciones con los otros. Si las emociones no son bien manejadas
podemos desarrollar patrones de interacción conflictivos que llevan a que la relación con los hijos
se distancie o a que los niños desarrollen vínculos inseguros, demasiado complacientes o
rechazantes.
Al regular las emociones se pueden manejar las situaciones conflictivas. Para los padres la tarea es
más difícil, ya que hay que regular las propias y las de los hijos. Por otro lado, al manejarlas, se
puede potenciar una buena relación con ellos, y a la vez ayudar en la formación de la
personalidad.
Qué hacer entonces? Primero, conocerse a sí mismo y entender qué sensación física está asociada
por ejemplo a la rabia, tristeza o impotencia: Algunas personas sienten calor en el cuello y se
ponen rojos cuando sienten rabia; o cuando sienten angustia sienten un nudo en la garganta o una
opresión en el pecho. Al asociar la sensación física con una emoción determinada, puede tomar
medidas para calmarse, por ejemplo, respirar 10 veces o aislarse por unos minutos.
Segundo, conocer a los hijos y entender qué gesto o conducta está asociada a una emoción, por
ejemplo, al mirar el rostro de su hijo -si se pone rojo, si le brillan los ojos, si se aisla, etc.- puede
captar si está enojado, tiene rabia, tristeza o miedo. Esto permite que los padres puedan poner en
palabras lo que el niño siente y de esa manera ayudarlo a regular las emociones, por ejemplo se le
dice “me doy cuenta que tienes pena por…” o “entiendo que te dé rabia por…”.
Durante los momentos de conflicto, darse cuenta qué emoción predomina en sí mismo y luego
aislarse unos minutos para calmarse. Luego manejar, más que la situación en sí, la emoción que al
niño/a lo está desbordando. Intentar discutir cuando hay desborde de emociones, sólo llevará a
aumentar el conflicto. Es mejor centrarse en calmar al niño, esto permite que el niño pueda
confiar en usted y desarrollar vínculos seguros.
Si bien los padres buscan la felicidad de sus hijos, se debe estar consciente que ésta está hecha de
momentos, son estados emocionales. Aceptar que los hijos sienten tristeza, rabia, enojo, miedo,
vergüenza y ayudarlos a entender esas emociones también es una forma de relacionarse con ellos,
y desarrollar círculos virtuosos. De paso, el aprendizaje del manejo emocional permite un buen
desarrollo en otros ámbitos también, ya que va de la mano del desarrollo de la inteligencia, y de
las habilidades sociales.
Películas y cuentos pueden ayudar a aprender acerca del manejo de emociones. Recientemente se
estrenó la película de Pixar, "Intensa-mente" que ilustra de manera entretenida, tanto para niños
como para adultos, el funcionamiento de las emociones y pensamientos. Cuentos clásicos, como la
Caperucita Roja o Hansel y Gretel también pueden servir para hablar de las emociones con los
niños.
Que los padres autorregulen sus emociones y acepten que sus hijos sienten las mismas
sensaciones, puede ayudar a toda la familia a disfrutar de los momentos felices, y sobreponerse a
los momentos difíciles. Son estos los que fortalecen los vínculos y permiten a los niños ser sanos
emocionalmente.